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2 de Enero, 2006


juan manuel rossi, argentina

         Tres gotas para una misma lluvia

 

                              Primera gota

 

Niña,

que te escondes en los umbrales de la lluvia.

Te he dicho que te quiero de manera imprecisa,

siempre a lo lejos,

como  arena ideal.

He bostezado tu nombre  mientras dormía

y la tarde sabía ser más noche

y la noche se sentía ahora, 

                                  más mañana.

Lloré dos versos indelegables

esos que no  digo,

los que vuelcan su infierno en el silencio.

Los de más allá de la nostalgia.

Los de más acá de puro amantes y labios de vino tinto.

Y voy  recorriendo tu pasado inextinguible,

como la gota acaricia en el ruedo la nervadura final.

Reí cuando reías de mi gesto de emperador indigente

y tomé tu rostro que colgaba del abrazo,

para encontrar tu imagen en amarillo

                                         No busco

                                            el salto infinito,

ni el paso voraz de la estampida;

sino el simple arrullo de ser dos,

dos frente al espejo;

como dos sombras de una misma imagen,

como dos vigilias a un mismo sueño.

 

                                      Segunda gota

 

Desenterré la mano,

la que soñaba ser tierra

y descubrí que había una hendidura en el telón

y que la escena tantas veces repetida podía ser cambiada.

Ahora estoy así,

así de pequeño frente al sol,

diminuto y nuevo como el barco de papel que reclama su alta mar;

con palabras,

con sonidos en la suerte de la luz apagada.

Cuidando el vértice de tu rostro,

como cuido el roce

como cuido el reojo en la mirada.

Y me guardo un camino para cuando estás así de lejos,

                                                                                así de allá.

Y me guardo un territorio que tiene solo despertar

para cuando el alba canta frente al gallo inmutable

y todo es superficie

y yo tierra,

de nuevo tierra

y otra vez  el espesor de las sombras

               en el verso innombrable

y otra vez el árbol que es más otoño que la hoja que se seca

y sonrío

      cuando me  arrastras hasta el vértigo inicial de tu garganta 

y venís viviendo

y venís proclamando  mi nombre cuando estás en este acá,

               en este lado de la mano.

Con los dedos así apretados

                    así de juntos

así de mismo el dedo mío con el tuyo.

 

                                     Tercera gota

 

Suena un piano a lo lejos

como una idea que no hizo aun su aparición en la conciencia

y se acerca tu boca demostrando que el brillo

es una virtud ganada a la oscuridad.

Te miro y me pierdo como un detalle a lo lejos

y traspaso la voz

        y me veo en verso,

me voy en cielo

y me cruzo de  nombre a  la madrugada...

Cuelgo la hora detrás del muro que deja su altura

y se abre el espacio que dejaste para mí.

Te he dicho

       es cierto

            que te quiero.

Pero no le he dicho así...

          así de rostro

              así de cuerdo

así,

      simple,

como una inconsciente veracidad

y queda el día dibujado en la memoria

y queda el paso agonizante cuando me despido

y ya no estás de este lado de la mano,

y no despertamos en sábanas compartidas

                pero vemos que somos dos frente al espejo

y revive el paso agonizante

y resurge el sendero que se apaga de a ratos,

porque soy ese el emperador indigente

que cruza de viento el fuego

            para morir en  tu abrazo...

 

                              La lluvia

 

La lluvia  se vierte en el cuero de la noche,

      como si en ese acto

 el tiempo perdiera su condición de última palabra

Y el agua se hace necesaria y furtiva

 enredándose en nuestros cuerpos desconocidos

Niego entender el sentido de la palabra amor

como todos,

          o casi todos

y soy uno más entre los  restos del naufragio

      como un viento que pasa

 o un arreo de olas

Pero la mano pudorosa

       no ha de soltar

frente a la obscena inmensidad del mar

y es ella,

          me he dado cuenta,

              la que hace llover en este infierno

 

                                                                          Juan Manuel Rossi.

Por lobitogabriel - 2 de Enero, 2006, 13:50, Categoría: poesia
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eduardo lucio molina y vedia, argentina

Ceremonias   

S

in duda en el origen del ambiguo ritual estuvo esa pequeña costura de un ojal de carne sobre la ingle derecha, diminuta cordillera de cicatriz que se iría estirando con los años. (Lo descubrí mucho después, ya lejana la tarde lluviosa que nos mudamos al caserón de Belgrano con muros de 30.) El signo fue esa huella pero el enigma persiste.  Porque cada impronta remite a otras lecturas, a nuevas configuraciones, sustratos capaces de callar y decir más de lo que son.

     Seguramente hubo anestesia, enfermeras moviéndose en el quirófano, envolviéndome en las suaves toallas de hilo que entonces usaban los hospitales. Contactos experimentados tal vez como primeras caricias no maternas, promesas de plenitud que precedieron al breve corte del bisturí y la posterior sutura. Castigo eventual, quizá, de fantasías informes.

     Vivimos rodeados de mitos y rituales. Casi cada día atravesamos agonías, hechizos y resurrecciones. Pero la repetición fascinante de una escena conformada por una serie de actos prefijados, que se presentó de pronto en las postrimerías de mi infancia, sólo pudo obedecer a inciertos núcleos de sentido que buscaba revivir, desentrañar, acaso controlar. Porque algo de aquel ajetreo quirúrgico, grávido de símbolos y vivencias sensoriales, quedó impreso en memorias del inconsciente como un manantial onírico de efecto diferido.

Pudo ser también, entre tantas cosas, el cepo del braguero que me mantuvo sujeta la cintura durante meses para que cerrara la herida. O mi identificación posterior con el cuerpo exánime de Cristo entregado al regazo de María, que me comentaba en casa mi vecina Nené Rondinelli, la hija del zapatero, hojeando con asombro los tomos de “Los Grandes Museos de Europa”: sacro o profano, el mensaje era la cumbre del amor en el martirio, la imagen del dolor vinculando lo humano más allá de géneros o credos.

     Es extraño peguntarse cómo un cuerpo resulta aislado de lo real y deja el acaecer de la vida para ingresar a otra dimensión, convertido en campo de pruebas donde el tormento o la ciencia buscan indicios del último secreto y el espíritu cumple su papel de testigo.

     Imagino al cirujano como Poncio Pilatos lavándose las manos en alcohol ante una enfermera que le ofrece la toalla blanquísima de lino. Y enseguida el tajo, la incisión de bordes perlados por gotitas  rojas, la mano diestra que repara y une, y por fin el zurcido que cierra e inaugura el trayecto de la cicatriz.   

     Pero ese abandono o condición pasiva del cuerpo, esa inmersión en la nada que lo convierte en ícono de múltiples significaciones, debió grabarse en mí como un glifo a develar. Porque años más tarde, atravesando transiciones y deslumbramientos de la niñez, apareció La Ceremonia, esa misteriosa escena privada, repetida una y otra vez, que me tuvo por único y clandestino protagonista, movido como autómata por algún designio o fuerza superior.

     Era desnudarse y despejar la mesa de cuadernos,  tinteros y compases, cancelar su historia hasta dejarla también desnuda, inmemorial, en blanco, como la mesa de operaciones donde me sellaron la hernia inguinal; tenderme enseguida de espaldas sobre ella, sentir su frío iniciático y, casi al mismo tiempo,  buscar afanosamente las toallas lisas para extenderlas sobre mi cuerpo; simular entonces con brazos y manos los pases mágicos de las oficiantes, en un éxtasis de placer que me desbordaba por completo en sensaciones oceánicas. Semejaba el ensalmo de imantar el aire, de convocar un epitelio virtual ultrasensible que latiera sin contacto y dejara al paso de su oleaje ese brillo final que lame la playa al retirarse la marea. Evocándolo, suspendidos el tiempo y el espacio, tendido en ese limbo, en ese plano intermedio donde la conciencia se hace ensoñación de elusivas sinestesias, veo manchas que surgen para enseguida deshacerse sin construir estructura alguna, sólo poblando el instante. Así vivía la felicidad de no entender nada, de entregar mis coordenadas al azar de la dicha. Convocaba un erotismo a la vez intenso y difuso transformando mis manos en otras etéreas manos bienhechoras a las que me rendía. La excitación desencadenaba el rapto, me hacía actuar como siguiendo un programa, y la escena revelaba áreas desconocidas de mi propia identidad.

     Siempre supe, lo recuerdo bien, la carga transgresora de La Ceremonia, su sensualidad desorbitada. Esa exhibición ante mí mismo, o ante quién sabe qué dioses, lo violentaba todo: el ámbito familiar, la mesa de tareas, la luz vespertina que cubría como agua lustral el espacioso cuarto amarillo de altos techos, manchas de humedad y paredes descascaradas. El trance me conmovía igual que los relatos dolientes del Calvario que narraba la Nené al volver de la Iglesia La Redonda. Ella me decía, sin convencerme pero desatando mi imaginación, que todos tenemos un Ángel de la Guarda, que al anochecer nos suelta una arenita en los párpados y vela nuestro sueño. Sostenía que Dios está en todas partes, “hasta en el codo”, y se desconcertaba ante mi pregunta de si sabía que Jesús era judío.

     Condición necesaria de La Ceremonia era el aislamiento de mi cuarto. Balcón al jardín del frente con persianas plegables de metal, catre de hierro,  mesa de estudio, sillas viejas y, cubriendo los muros, pesados libreros cuyas vitrinas corredizas caían colgando desde rieles al cubrir los estantes, conformaban el austero escenario. Una puerta que daba al dormitorio de mis padres y otra que miraba a la galería de baldosas resquebrajadas, semicubierta por el alero, espiaban ese gran signo de interrogación dormido y oculto en los umbrales de la pubertad.

     Al anochecer asomaba, íntima, la luna del jardín lateral, una luna a domicilio. La penumbra de la galería sigue tejiendo en su quietud el misterio de un adentro que es afuera. Cuando las tormentas rebasaban las canaletas la galería cruzada de relámpagos era un útero a la intemperie. Entonces, al escuchar las últimas campanas, rezos silvestres se atropellaban en mí tras una vaga cauda de culpas.

     La sórdida cadena de penitencia del catecismo que se arrastraba en las procesiones y sólo embellecían las fábulas pintadas por los renacentistas, era para mí una incursión en el hechizo desafiante de lo irracional. Como cuando veía a la Nené en la calle echándole baldazos de agua a los perros abotonados para separarlos y nos mirábamos interrogantes, ella  sonrojándose y yo sin saber por qué.

     Con la Nené me visitaba lo que no se puede poner en palabras. Nos sentábamos a hojear las imágenes en el estudio de mi padre bajo un mapa pegado sobre cartón, con banderitas rojas clavadas en alfileres -unas con la svástica, otras con la hoz y el martillo-, que marcaban las vicisitudes de la guerra.

     O salíamos a  perseguir hormigas en el  jardín, que se abría en ele sobre el frente de verjas, con una escuálida palmera ávida de bonanzas tropicales, los malvones, los tacos de reina, el jazmín del cielo y las calas. Hacia el fondo se alineaban la retama, la magnolia rodeada por un banco hexagonal, las higueras a cuya sombra se reunían enjambres de abejas a libar los higos podridos y el cajón de arena donde después de la lluvia mi hermano tallaba torres y paralelepípedos de ciudades imaginarias.

     Hizo falta un testigo para cerrar el ciclo. Una tarde (recuerdo más el sobresalto que las imágenes) mi madre se asomó azorada a La Ceremonia, probablemente sin querer. Nadie dijo nunca nada del tema. Desde la irrupción de esa presencia intrusa La Ceremonia no se repitió y pasó a laberintos de olvido que fueron después memoria.

     ¿Hasta dónde hubo huida de mí mismo, vergüenza, cancelación, perplejidad? ¿Qué clase de eclipse cerró ese otro ojal?

     Estamos más lejos de lo que suponemos del niño que fuimos y resulta raro privilegio que un brote del inconsciente sea capaz de burlar tantas esclusas, restituirnos a nuestro origen y abrir ventanas al recuerdo para que el pasado vuelva sobre nosotros.

     Tenía con seguridad diez años cuando sobrevino, no menos fundacional, la ceremonia de la razón. Hoy evoco claramente el compromiso de grabarme la cifra como un hito. Asumir esa angustia de afrontar el abismo de la nada desde una irrisoria finitud, sin la  red protectora del más allá, sin anestesia ni dolientes fábulas consolatorias, era el lado oscuro, el precio de ese ritual del discurso, hecho de cadenas de pensamientos revisitadas una y otra vez, como sucesivas consagraciones o comuniones ateas.

     Durante esos trayectos por galerías interiores el contrapunto de los conceptos cobraba vida propia en tautológicas obstinaciones al atisbar los desfiladeros del escepticismo. El lugar cambiaba con las circunstancias: podía ser tanto mi habitación de siempre, a menudo la cama en los solitarios instantes de ansiedad previos al sueño (acompañados por la charla muriente de las visitas, el rumor de la calle y sordos ruidos de muebles o puertas que se abrían y cerraban), o bien la plaza del mercado, en cuyo suelo cubierto de granito molido me acostaba boca arriba empapado de sudor tras el partido.

     Cesaba entonces la fiesta del fútbol, el mágico picar de la pelota, la fantasía del gol. Desde esa posición, registrando en mi dorso el relieve de la grava, mantenía sin desviar la visual directa a las nubes que navegaban el cielo, hasta no ver más que cielo y nubes, concentrado en la sensación sobrecogedora de estar suspendido en el espacio, oscilando entre la idea de ser tangencial al planeta que me sostenía o bien parte indisoluble de él, sintiéndome en ambas instancias una cosa más, una brizna efímera, desasida, flotando en el universo sin límites.

     Empuñarme a mí mismo como instrumento al llamar de testigo para recibir semejante iluminación desde el niño que era al adulto que sería más tarde, asistir juntos al advenimiento del logos, era gloria de un orgullo despojado. A partir de entonces el conocimiento fue para mí sólo cosa de seres humanos, travesía ajena por completo a todo halo místico.

     Difícil fue después renunciar a las ilusiones de la verdad absoluta y resignarme a la radical ambigüedad de las cosas aceptando los límites del conocimiento: la circunferencia, el diámetro, el deficiente número pi. Entrañarme, mezclar entrañas con el mundo, aceptar mi personal mitología, resultó algo más complejo y entretenido que constatar la incompatibilidad de Dios con la razón.

     Hoy puedo ver bajo otra luz aquellas rupturas con la vivencia pueril de la fe y el culto al  raciocinio pero guardo con emoción el recuerdo de ese raro sentimiento de lo sagrado al asumir la nada, mi camino hacia la agnosis.

     Ahora, ya con la vida hecha, de nuevo en el quirófano, mientras me clavan la anestesia en mi ojo derecho para extraerme el cristalino opaco por un tajo de tres milímetros y sustituirlo con una lente, continúo devanando la madeja de aquellas evocaciones. Me distraigo del corte y las costuras sumergido en un ayer intemporal.    

     Enhebro, corrijo y acuño las palabras que siempre quise escribir, sabiendo que al terminar la operación habré olvidado su música y no podré reproducirlas, y que será una vez más otro texto laboriosamente no consumado.  

Por lobitogabriel - 2 de Enero, 2006, 7:59, Categoría: cuento
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eduardo lucio molina y vedia, argentina

Klezmer

A Eva Grosser Lerner

 

¡Y llegaron los músicos!

 

Violín, salterio y balalaika

nos traen la melodía de don Isaac.

 

Hilan el gemido de la tierra,

su gozoso lamento,

triste y liviano,

en el telar de un laberinto:

Mitteleuropa.

 

Clarinetes, teclados y acordeones,

mandolinas, panderos y címbalos,

exorcisan geografías,

masacres perpetradas en bucólicos paisajes.

 

Evocan hervideros de razas

sobre ondulados campos

grávidos de ríos caudalosos,

cementerio de hordas en feroces cruzadas.

 

Trompetas, guitarras y cítaras

entrelazan firuletes de ritmo y melodía,

canciones de boda con letra picaresca,

giros y regiros orientales,

aires pastoriles y salmodias.

 

El arco juguetea

con la gestualidad de los músicos

su énfasis pueblerino.

 

Vibran ecos metálicos

contra la caja triangular

y vuelan sobre el dócil cordaje del laúd

los dedos saltarines.

 

Cual una enredadera

que trepara ternuras y quiebres del alma,

surge entonces

y asciende

la filigrana de la melopea,

alegría agridulce

de la queja compartida

con el pan cotidiano.

 

Trémolos, fiorituras,

viruta dulzona y melancólica

que suelta su ramaje

desplegando variaciones

festivas y dolientes.

 

Con aliento de siglos

y fresca vehemencia,

entre cauces y montañas

serpentean agudos y bajos de Besarabia

ligeros y obstinados.

 

De pronto un cambio de escala

me saca de cuadro.

 

Hay un silencio

en la trama inaccesible.

 

Son aguas densas,

primigenias,

un magma preñado de sombras,

huérfano de claves.

 

En los ajenos acordes

laten éxodos, amaneceres soleados, pestes,

charlas al calor del hogar,

exterminios y resurrecciones.

 

No importa dónde ni cuándo,

aquí y ahora, siempre,

danzan, aman y blasfeman,

se extravían y reencuentran,

hornean su pan,

cocinan su pescado.

 

Sin que pueda alcanzarlos

ni abrazar su aliento,

su verdad,

aromas, visajes y cantares

de las aldeas perdidas

una vez más encienden su esmeralda.

 

Los sufro y gozo en alma y cuerpo.

 

Son mi gloria y mi cruz.

Mi estrella de David.

Por lobitogabriel - 2 de Enero, 2006, 7:45, Categoría: poesia
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eduardo lucio molina vedia, argentina

simulacro I

Cota liminar de vago espanto,

la yegua insolada de mi infancia

boquea hace medio siglo

bajo golpes de agua inútil.

 

Desmesurada dentadura equina,

cascos castañeteando las baldosas,

desesperado brillo de llovidas crines

siguen iluminando la abismal escena.

 

Los belfos anhelantes,

el ajetreo y los gritos,

el afán del hombre por salvar la bestia,

primer amago de infinita nada.

Por lobitogabriel - 2 de Enero, 2006, 7:28, Categoría: poesia
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alejandro arriaga, argentina

Miedo me daría, un algarrobo en esta noche

 

Como dedos sonoros

Galopando sobre una caja muda

Esferas energéticas girando sin cansancio

Aplastando la horizontal de un ya olvidado campo de juego.

 

Miedo me daría, un algarrobo en esta noche.

 

Campanas desentonan, golpeando su propio cuerpo

Violentamente y a destiempo

Llamadas perdidas, zumbidos disonantes, estridentes.

 

Pero hay algo, tengo cosas, quiero mas.

 

Se rebobina en la atmósfera

Un humo gris claro

El pasado del provecho y el futuro degradado.

 

Sostiene esto un diario que intente leer

Un puñado de pálidas confusiones

Espíritus corregidos, moldeados, esculpidos

Miradas cómplices de ojos con miedo.

Pensamientos cultivados como perlas

Relegados al margen

De la segunda pagina.

 

Miedo me daría

Un algarrobo en esta noche.

 

No es fácil escuchar

Los idiomas del silencio.

En la noche estrellada

Cada titilo tiene su mensaje

Cada luz roja, de algo me previene.

No seamos ilusos

No necesito mas idioma que el mío

Para transcribir al papel

Lo que el silencio hoy me ha dicho.

Por lobitogabriel - 2 de Enero, 2006, 7:20, Categoría: poesia
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samuel trigueros, hondras

TRIPTICO POR LA LUZ

 

I

La luz recuerda,

Exhausta,

En honda sombra,

El breve instante en que las llamas

Levantaron su imperio por el cielo.

Quieta, recuerda vastos pueblos,

Los caballos

O relámpagos tensos girantes en la hierba,

Alzados en el esplendor de su victoria.

En el confín dorado del abismo

Mira su antigua rueda de milagros,

La catedral fugaz de su mentira

Y oscurecidos prados donde muriera el canto.

 

Desconsolada llega la penumbra.

Tiempo de ver fluir lo inexorable,

El sueño de verdad, la tarde,

Por el declive turbio de las aguas.

Tiempo de estar, perdido con el barro

Que sostuviera al cuerpo en fulgurancia.

 

Lo que en el claro día palpitó sucumbirá a la noche:

El bosque entre las hojas en la hora iluminada,

Las palabras cruzando como pájaros,

El viento que olvidamos en los labios,

Los continentes blancos en lo alto,

Las invisibles manos

Que alzan el heno en límpidos oleajes...

 

El girasol que abren y agostan los amantes

Será materia,

Débil materia del sueño incinerado.

 

La luz perdida toca en la tiniebla

Los callados vestigios, los fragmentos,

La casi nada de su blanco cuerpo de memoria.

Sabe que no retorna

La mansa espiga que el invierno uniera con el cieno,

Que sólo es polvo el oro de su reino.

Y nada queda.

Y nada fue, sino la luz,

La vida,

El sueño en la distancia.

 

II

Lejos pasó la luz.

En los espesos bloques de la noche fluyen,

Heridos, los instantes.

Ahora mis brazos,

El galopar nervioso de los astros,

El imperio del sueño que vibrara,

Son música vencida, arenas vagas,

Quilla que no cortó las aguas:

La agitación del viaje que se apaga...

Ahora mis manos van entrelazadas

Contra la duna oscura de mi pecho.

 

Lejos golpeó la luz.

Atardeció en mi carne.

La vida entera ardió como una gota de ámbar.

Sin embargo, algo quedaba del jardín,

De la mañana vertida en la ternura,

De la esperanza sumergida

En los inmensos días luminosos,

Cuando la hora es ancha

Y abarca soles navegantes,

Besos que arden

En la insensata lumbre del deseo:

El sueño de sobrepasar la muerte.

 

Anocheció en mis huesos...

 

Mientras la sombra vino sobre el mundo

Supe que no es difícil desprenderse

De la límpida boca de la vida;

Caer en lo profundo, donde la luz no llega.

 

Las hojas rotas,

Lo que de mí persiste, seguimos en lo oscuro,

Sin intentar volver a la amistad del cielo.

 

Este es mi antiguo lecho, mi cámara de limo;

Nuevos mientras comprendo

El término y destino de mis horas.

 

Esta es mi tierra de erizado mármol.

Alguien rompió la piedra para guardar mis iniciales

En la vana rutina de los aires;

Y he visto a las palabras esforzarse,

Querer ser, creer, iluminarse,

Ansiar eternidades y angustiadas

Caer

Sin entender que el polvo y no la ira las reclama.

 

Este es mi cielo sin distancia,

Entre constelaciones de raíces

Y la humedad que baja en medio de los bulbos,

Piedras y el corazón de los jacintos ignorados.

Arriba corren los caballos,

Y puedo imaginar

El claro jinete de las horas pardas

Con el cristal del día entre las manos.

 

Y porque nada más poseo,

Pienso en el fresco reino que ascendía

Mientras la luz bajaba

Por la pared enferma de la tarde...,

En el envés plateado de los sauces

Sobre el temblor perdido de las aguas.

En la casa lejana

Vigilia y sueño pasan abrasados.

La densa soledad sigue sin pausas.

 

¿Cómo podría ser de nuevo verdadero

En el amor o el odio,

Aquí, donde el intento de unos besos

No alcanza más que los maderos,

La breve puerta de cristal cegada por la tierra,

Los brocados que encierran mis lívidas entrañas?

Y ¿cómo sorprender al tiempo trabajando

Con energía brutal en mi nostalgia?:

Recuerdo aquel verano,

La blanca piel, la dorada espiga de agosto,

El vigoroso fulgor del aire entre los labios...,

Y ¡qué silencios,

Qué ahogadas palabras acuden,

Qué pájaros hermosos

Caen tan cerca de mis manos!

Mientras el inclemente octubre se derrama.

 

Queda la hierba simple,

La roja estela que dejó la imagen

De los caballos mustios del ocaso,

El sueño de la carne:

Perdurar un solo instante

En la ciudad del último destello...

¡Tanto brilla el recuerdo de las luces en lo alto!,

mientras la vida pasa,

mientras la sombra espera

como un abrazo

de los tranquilos reinos del subsuelo.

 

III

Menos que polvo es el recuerdo;

Menos la luz que no logró llegar donde mis huesos.

Y no despertaré

Para poner mi sombra en el ardiente día venidero

Ni fulgurar de noche con los sueños abisales.

 

Abrid ahora el astro de los ojos,

Y ved, con la atención que veis la cuerda tensa

Cuando una sombra arqueada

Muerde en el centro turbio de las aguas,

Cómo he perdido el tiempo y he ganado los abismos,

La absolución final de los instantes,

El pasado de un cielo que brillará.

Luego apagad la rememoración del día,

Los vanos fuegos, las voces importunas,

Y dejadme soñar

El inflexible sueño de mi nada.

 

En la incansable noche hablo

De la sombra como de un lirio

Abierto en la cerrada luna de los búcaros,

De las rotas imágenes

Que giran a su condición más tenue;

Se alzan y se desvanecen:

Son las últimas brasas palpitantes,

Ráfagas del turbión donde la vida estaba.

Y hablo también del término del viaje

Y del destino que apenas se levanta:

Sombra sin tiempo

Anclada más allá de las palabras.

 

Nunca tuvo la sombra

Más energía perfecta que ahora en sus corceles

Que rememoran el paso desbocado de la sangre

Por la intrincada red de inapresadas emociones:

Magnéticos, los cuerpos yacen (no se alzan,

Apasionados e inefables)

Sin importar si es dicha o es quebranto

La combustión que cruza inexorable.

 

Considero la senda que separa

Mi tiempo sin instantes de los astros,

Y es de sombra la savia que sostiene

Viejas ramas flotando en el abismo.

Sombra es lo que hay en la distancia

Que une y separa las estrellas y mis manos.

 

Y luego nada...

 

Habla la luz que fui.

Y esto de siempre es el vacío unido a las palabras,

El sólido vacío que exhala

En soledad mi indiferente calma.

 

 

  

Samuel Trigueros

(Honduras, nov. 1999)

samueltrigueros7@yahoo.com.mx

Por lobitogabriel - 2 de Enero, 2006, 7:18, Categoría: poesia
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daniel alejandro gomez, argentina

En la mortal angustia

 

Y en la mortal angustia, yo aguardando

húmedos los días que caen

hacia el alba otoñal de la rosa,

y así viendo el pobre árbol, ahora ardiente,

verde, buscar la muerte gris.

Escucho, empero, desdecir

tus agrias profecías, muerte,

en la paloma, sutil hálito del cielo,

hiriendo cual pálida aguja este océano

de dioses azules. Y en un sermón de liras,

con su iglesia

de ingeniosa lengua griega, púlpito

que enseña músicas palabras, reír el agobio

del que perece; preferir anhelos ilimitados,

o lo alto sojuzgando a la tierra;

altura, pues, blanco panteón de nubes,

en su fría eternidad de nieve, siendo inepta

para los horrores del tiempo.

Y allá arriba mirto y vid que se endulzan,

con la Hibla melosa cayendo

sobre trágico paraje de los plañidos,

lunares y nocturnos, de las almas;

y pedir éstas al amor del cuerpo

conceder, mas solamente

si el espíritu se ha de morir.

Pero luego, con rojos cántaros,

el tibio, virginal aliento que es del vino

se vierte en su hueco de la roca del mar,

en cuya orilla cantan los amantes, hostigando

ardientes los frutos de las abiertas bocas.

Pues deploran, así,

al sueño cesante de su carne, aunque

en los párpados cosidos de la luna

se abran, ardientes y perpetuos,

de par en par los ojos del sol.  

Por lobitogabriel - 2 de Enero, 2006, 7:14, Categoría: poesia
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robert gurney, inglaterra

Rhosilly

 

(A Analía Pascaner)

 

Recibí un mensaje

desde Catamarca.

 

Mi amiga dice

que ama sus montañas,

los distintos colores que toman

de acuerdo a la luz del día

pero que hoy llueve

y está gris

y las montañas están detrás

de las nubes.

 

Debe imaginar sus formas

y colores.

 

Parece estar triste

por no saber nada

de un antepasado

llamado Heller.

 

Le dije que conocía

a un Sr Heller

que dirigía un hotel

que daba al mar

en Worm’s Head,

La Cabeza del Dragón,

en la Península

de Gower.

 

Le conté cómo una vez

abrió la puerta

y amenazando con el puño

al piloto del ala delta

que sobrevolaba

demasiado cerca

de sus ventanas,

gritó enojado:

 “Te suspendo,”

(del bar).

 

Hoy yace en el cementerio

de la Iglesia de Santa María

en Rhosilly

que da a la bahia más hermosa

del mundo.

 

Creo que conoció a Dylan.

 

Es fácil imaginarla

una vez vista.

 

Sólo cierra los ojos.

 

Puedo verme

sentado

al lado de Dylan,

triste,

sobre el alcantilado

mirando el mar.

Por lobitogabriel - 2 de Enero, 2006, 7:05, Categoría: poesia
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carlos costa grajales, uruguay

ORANDO

 

                  

¡Oh, Señor de la Piedad,

quien sino tú.

aliviará mis penas

y la angustia de mi canto!

 

Cuando el cisne desgarbado.

viejo, solitario  y agobiado,

apenas aletea

por las orillas del lago,

yo débil y malsano.

también triste, abandonado,

le ruego a mi asistente,

me arrime al acantilado.

Desde allí en el sillón

observo a mi compañero.

Quisiera cubrir sus plumas

con la manta entre mis manos,

la misma que cobija,

mis viejas piernas cansadas.

 

Desde la altura lo miro, por horas,

sin pereza y sin descanso.

Por momentos no se mueve,

cual bicho de exposición que

haya sido embalsamado.

 

La lluvia  moja sus plumas,

sin piedad y sin reparo,

triste lo observo impotente,

anudado entre la hierba,

apenas, rozando el lago.

 

Alguna vez fue pequeño,

alguna vez fue empollado,

debería parecer un pato feo,

mojado.-

 

 

Pero el tiempo hizo su obra,

ni pato, ni ganso,

ya adulto se paseaba,

vanidoso y  lujurioso

entre sus pares del lago.

Era el cisne de los cuentos,

blanco príncipe alado.

 

 

Hoy está viejo y enfermo,

como yo, se aferra  al lago.

No quiere irse, no puede,

tal belleza que ha embriagado

a miles de visitantes,

vil  pecado sería.

cobardía,  abandonarlo.

 

Lo observo desde mi silla,

las ruedas firmes al pasto,

la manta en las rodillas

las flacas piernas tapando.

 

Lo  hago cada mañana

y no resuello  hasta el ocaso.

Tanto nos parecemos, tanto,

que si se mueve, me muevo,

que si se aquieta, me callo.

 

Tan similares somos,

viviendo en el mismo campo.

Él agoniza  en el lago,

y yo,  en mi lecho verde,

algo más arriba,

sobre el acantilado.

 

 

Le he prometido algo

a mi cisne bien amado:

el que se vaya primero

llevará al otro, al otro lado.

 

Desde el barco de Caronte

divisaremos el lago, otro, cualquiera,

otras hierbas, otros barrancos

agua y pastos, otro campo,

para cobijarnos,

estrenando otro escenario.-

 

Carlos Costa Grajales

Por lobitogabriel - 2 de Enero, 2006, 7:02, Categoría: poesia
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carlos costa grajales, uruguay

LA MONJA Y EL CABALLERO

 

La monja viste de negro, negro como el luto hacia los muertos,

la monja gitana tiene sus ojos negros, grandes, brillantes, moros como el negro de su atuendo.

Y negras son las pestañas y de aceituna su cuerpo, trigueño, fibroso y brillo, que le viene en nacimiento.

 

La monja fue quinceañera. Era hija de un herrero.

El aprendiz la esperaba cada tarde en el viñedo.

Ella le preguntaba: ¿a quién esperas en silencio?

El siempre le contestaba: -a tí morena, agua de azúcar, piel de alelíes y ojos de ciervo, a ti,  detrás de las viñas por un beso yo te espero.

 

Pasaron días y noches, soles y truenos,

después de los nueve meses, la niña está pariendo.

Grande el dolor, la burla, grande el misterio.

¿de quién sería ese hijo qué osó en secreto mantenerlo?

-Dime, dice su padre: de quién es el crío o te apaleo.

Jamás lo diré señor, eso no importa soy yo la que lo llevo.

Dentro y fuera de entrañas, cerca y lejano en el tiempo,

este hijo, aunque no quiera, será todo mi desvelo.

 

            El padre no quiso oírla, llevó al crío hacia el destierro,

la madre lloró y gimió lanzando al cielo mil juramentos.

Todo fue en vano, nadie cambió el hecho,

 ni en la madre el sentimiento.

 

Años pasaron desde que el gitano la metió en el convento;

monja triste y devota, la fue puliendo el tiempo,

recogiendo hierbas buenas con que alejar su tormento.

 

Una noche de verano, un jinete se acercó al monasterio,

marchaba a trote firme como si se lo llevara el tiempo.

Era tarde y las monjas estaban todas durmiendo.

Sonando la campana  preguntó por la dama de sus desvelos,

ansioso de tantos tiempos, que al fin  podrían o no,

ser el camino al silencio, después de aquellos sonidos

que le golpeaban en sueños.

_ ¿Eres tu madre querida, te llamas Mora o Sor Silencio?

_¿Eres tú hijo de mi alma, al que hace veinte años llevé en mis entrañas?

_No lo sé señora. Dícese que hay una sola forma de saberlo:

¿dónde tengo un lunar grande con forma de vid en mi cuerpo?

_Lo tienes bajo tu espalda del lado derecho-

¡Oh, madre, al fin dejará de doler mi pecho!

¡Oh, hijo, al fin dejaré el convento!

 

Carlos Costa Grajales

Por lobitogabriel - 2 de Enero, 2006, 6:59, Categoría: poesia
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